miércoles, 18 de noviembre de 2009

La Barca

LA BARCA




(Combate por la vida)



La aurora lucia tranquila en Oriente,

la luz inundaba los montes y valles,

las flores abrían los pétalos leves

y a Dios saludaban trinando las aves.



Solté mi barquilla, y al centro del río

de un golpe de remo lancéla contento;

¡marino errabundo, pensaba aquel día

hallar el ansiado magnifico puerto!



Un blanco fantasma se sienta en la caña

y el rumbo dirige, mirándome fijo,

y yo, desde el banco, le vía temblando

de horror y de angustia, de miedo y de frío.



Al fin me resuelvo. ¿Quién eres?, pregunto.

Con voz cavernosa responde el espectro:

"Yo soy el eterno patrón de las barcas

que al río se lanzan en busca de puerto".



Seguimos bajando la rauda corriente,

yo a entrambas orillas mirando con ansia,

que en una y en otra, del sol a los rayos,

castillos, jardines y bosques se alzaban.



Ya frente al primero, la barca se vía,

bizarros galanes y lindas doncellas,

asidos del brazo, diciéndose amores,

cruzaban el bosque, jardín y pradera.



Algunos en gruta de mirto y jazmines

buscaban la sombra y el grato misterio,

trayendo a la barca del aire las ondas,

ahogados suspiros, rumores de besos.



Volvíme al fantasma, que frío, inmutable,

miraba impasible tan dulces escenas,

y al fin le pregunto con voz anhelosa:

"¿Arrojo aquí el ancla?" Respóndeme: "Rema".



Bajé la cabeza, y un triste suspiro

salió de mi pecho, pensando en que alegre

pasara mi vida por grutas y valles

con una de aquellas hermosas mujeres.



Y sigo remando y el sol ascendía,

el agua imploraba mi labio sediento

y espléndida plaza veíase cerca

que alegre llenaba frenético un pueblo.



El remo abandono, y en medio la turba

a algunos contemplo ceñidos del laura,

tañendo sin pena la citara blanda

y dando a los aires su férvido canto.



Mis ojos despiden torrentes de lumbre,

la sangre a mi rostro de pronto se agolpa

y digo al fantasma con voz en que vibra

la fuerza de un alma que el triunfo ambiciona:



"También, coma ellos, yo tengo mi canto;

también, coma ellos, yo tengo una lira;

un mundo, cual ellos, yo siento en mi alma;

tal vez, coma a ellos, coronas me ciñan.



¡Qué hermoso es el triunfo! ¡Qué bella es la gloria!

¡Cuán luce en las sienes la noble diadema

que el Bardo conquista luchando constante!

¿Arrojo aquí el ancla?" Respóndeme: "Rema".



Al pecho, agitada, mi alma inclinóse

y amargas y ardientes corrieron mis lágrimas

cual plomo fundido quemando mi pecho,

dejándome inmenso dolor en el alma.



El sol a Occidente, con marcha tranquila

llevaba el tesoro de luz y colores;

la tarde llegaba; mi brazo rendido,

las ondas apenas hería del golpe.



Un último y grande castillo se alza,

aún brilla en el cielo la luz del ocaso

y el rayo postrero bordaba las nubes

con franjas de plata, de fuego y topacio.



Al pie del castillo, soberbios magnates

cobraban tributos de pueblos y villas,

y el oro rodaba, cual corre en las playas

al soplo del viento la arena amarilla.



"Ni amores ni gloria"-, pensé con tristeza-;

pues oro tengamos, poder y fortuna,

que el mundo se humilla delante del oro

y el oro es el amo de estúpidas turbas".



"Por fin- a la blanca fantasma le digo-,

un último puerto, ¿lo ves?, ya nos queda:

entrambas orillas desiertas contemplo.

¿Arrojo aquí el ancla?" Respóndeme:"(Rema"



Y sigo remando, y el golpe inseguro

movía con lento vaivén la barquilla;

la noche avanzaba, la tierra y el cielo

crepúsculo vago, medroso, envolvía.



Allá, tras la cumbre lejana del monte,

la luna cual globo brillante se alza,

y finge su rayo, jugando en la espuma,

encajes y blondas de azul y de plata.



Se extingue del río la rauda corriente,

perdiéndose en ancho, tranquilo remanso,

y ya a la barquilla faltábale fondo,

a veces la arena la quilla rozando.



De pronto la luna, rasgando las nubes,

alumbra una extraña ciudad en la orilla,

y cruces y verjas, cipreses y sauces

formaban las calles de tumbas sombrías.



Hirsuto el cabello, la faz descompuesta,

le digo al fantasma con voz temerosa:

"Aquí no es posible que el puerto busquemos

al centro del río volvamos la proa.



Mi brazo conserva su fuerza y empuje,

el último aliento gastemos remando,

¡y míreme lejos del cuadro sombrío

que forman las tumbas, cipreses y osarios!"



Con triste sonrisa que aterra y fascina,

me toma una mano la horrible fantasma,

y "Aqueste es el puerto -me dijo----;

llegamos; el remo abandona y arroja tu ancla".

Obras publicadas

Los arrecifes de coral (poesía, 1901)


El crimen del otro (cuentos, 1904)

El almohadón de plumas (cuento 1907)

Historia de un amor turbio (novela, 1908)

Cuentos de amor de locura y de muerte (cuentos, 1917)

Cuentos de la selva (cuentos, 1918)

El hombre muerto (cuento, 1920)

El salvaje (cuentos, 1920)

Las sacrificadas (teatro, 1920)

Anaconda (cuentos, 1921)

El desierto (cuentos, 1924)

La gallina degollada y otros cuentos (cuentos, 1925)

Los desterrados (cuentos, 1926)

Pasado amor (novela, 1929)

Suelo natal (libro de lectura para cuarto grado, 1931, en colaboración con Leonardo Glusberg)

Más allá (cuentos, 1935)

El sillon del dolor (cuentos, 1937)

Amor de Madre (cuento,1939)

Nada mejor que soñar (cuento, ----)

El Tigre (cuento,1888)

Análisis de su obra

En su primer libro, Los arrecifes de coral, compuesto por 18 poemas, 30 páginas de prosa poética y 4 relatos, Quiroga pone en evidencia su inmadurez y confusión adolescente. Punto aparte para los relatos, en los cuales está ya en germen el estilo modernista y naturalista que identificaría al resto de su obra.




Sus dos novelas Historia de un amor turbio y Pasado amor tratan sobre el mismo tema —que obsesionaba al autor en su vida personal—: los amores entre hombres maduros y jovencitas adolescentes.



En la primera de ellas Quiroga divide la acción en tres etapas. En la primera, una niña de 9 años se enamora de un hombre adulto. En la segunda parte, el hombre, que no se había percatado del amor de la niña, pasados ocho años (ella tiene ahora 17) comienza a cortejarla. En la tercera parte el hombre narra la última etapa de su amor: han pasado diez años desde que la joven lo ha abandonado. La acción se inicia aquí: es el tiempo presente de la novela.



En Pasado amor la historia se repite: un hombre maduro regresa a un lugar luego de años de ausencia y se enamora de una jovencita a la que había amado siendo niña.



Conociendo la historia personal de Quiroga, se evidencian las características autobiográficas de ambas novelas: hasta el nombre de la protagonista de Historia de un amor turbio es Eglé (así se llamaba la hija de Quiroga, de una de cuyas compañeritas se enamoró el escritor y que llegaría a ser su segunda esposa).



Los avatares eróticos de Quiroga con muchachas muy jóvenes pueblan el drama de estas dos novelas, con especial hincapié en la oposición de sus padres, rechazo que Quiroga había aceptado como parte integrante de su vida y con el que debió lidiar siempre.



Dejando a un lado el teatro de Quiroga, poco difundido y al que los críticos siempre han llamado "un error", lo más trascendente de su obra son los cuentos cortos, género en que el autor alcanza la madurez, impulsando en el mismo sentido a toda la narrativa latinoamericana.



Es Horacio Quiroga el primero que se preocupa por los aspectos ténicos de la narrativa breve, puliendo incansablemente su estilo (para lo cual vuelve y rebusca siempre sobre los mismos temas) hasta alcanzar la casi perfección formal de sus últimas obras.



Claramente influido por Rubén Darío y los modernistas, poco a poco el modernismo del oriental comienza a volverse decadente, describiendo a la naturaleza con minuciosa precisión pero dejando en claro que la relación de ella con el hombre siempre representa un conflicto. Extravíos, lesiones, miseria, fracasos, hambre, muerte, ataques de animales, todo en Quiroga plantea el enfrentamiento entre naturaleza y hombre tal como lo hacían los griegos entre Hombre y Destino. La naturaleza hostil, por supuesto, casi siempre vence en la narrativa quiroguiana.



La morbosa obsesión de Quiroga por el tormento y la muerte es aceptada mucho más fácilmente por los personajes que por el lector: la técnica narrativa del autor presenta protagonistas acostumbrados al riesgo y al peligro, que juegan según reglas claras y específicas. Saben que no deben cometer errores porque la selva no perdona, y, al caer, lo hacen con algo de "espíritu deportivo" y suelen morir, dejando al lector ansioso y angustiado.



La naturaleza es ciega pero justa; los ataques sobre el campesino o el pescador (un enjambre de abejas enfurecidas, un yacaré, un parásito hematófago, una serpiente, la crecida, lo que fuese) son simplemente lances de un juego espantoso en el que el hombre intenta arrancar a la naturaleza unos bienes o recursos (como intentó Quiroga en la vida real) que ella se niega en redondo a soltar; una lucha desigual que suele terminar con la derrota humana, la demencia, las muertes o, simplemente, con la desilusión.



Hipersensible y excitable, dado a amores imposibles, frustrado en sus empresas comerciales pero aun así emocional y sumamente creativo, Quiroga abrevó en su propia vida trágica y en la naturaleza a la que estudió y padeció, con su férrea voluntad de trabajador y su sutil mirada de minucioso observador para construir una obra narrativa a la que la mayor parte de los críticos consideraron (y aún consideran) "poéticamente autobiográfica". Tal vez en este "realismo interno" u "orgánico" de las piezas de Quiroga resida el irresistible encanto que aún hoy ejercen sobre los lectores, que, sin darse cuenta, descubren en sus páginas la verdadera naturaleza del escritor que, tal vez como muy pocos en la literatura latinoamericana, fue capaz de susurrar sus propias palabras al oído, aunque a veces el murmullo se transforme en un grito desesperado.

Su obra

Seguidora de la escuela modernista fundada por Rubén Darío y obsesivo lector de Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant, Quiroga se sintió atraído por temas que abarcaban los aspectos más extraños de la Naturaleza, a menudo teñidos de horror, enfermedad y sufrimiento para los seres humanos. Muchos de sus relatos pertenecen a esta corriente, cuya obra más emblemática es la colección Cuentos de amor de locura y de muerte.




Por otra parte se percibe en Quiroga la influencia del británico Rudyard Kipling (Libro de las tierras vírgenes), que cristalizaría en su propio "Cuentos de la selva", delicioso ejercicio de fantasía dividido en varios relatos protagonizados por animales.



Su Decálogo del perfecto cuentista, dedicado a los escritores noveles, establece ciertas contradicciones con su propia obra. Mientras que el decálogo pregona un estilo económico y preciso, empleando pocos adjetivos, redacción natural y llana y claridad en la expresión, en muchas de sus relatos Quiroga no sigue sus propios preceptos, utilizando un lenguaje recargado, con abundantes adjetivos y un vocabulario por momentos ostentoso.



Al desarrollarse aún más su particular estilo, Quiroga evolucionó hacia el retrato realista (casi siempre angustioso y desesperado) de la salvaje Naturaleza que lo rodeaba en Misiones: la jungla, el río, la fauna, el clima y el terreno forman el andamiaje y el decorado en que sus personajes se mueven, padecen y a menudo mueren. Especialmente en sus relatos, Quiroga describe con arte y humanismo la tragedia que persigue a los miserables obreros rurales de la región, los peligros y padecimientos a que se ven expuestos y el modo en que se perpetúa este dolor existencial a las generaciones siguientes. Trató, además, muchos temas considerados tabú en la sociedad de principios del siglo XX, revelándose como un escritor arriesgado, desconocedor del miedo y avanzado en sus ideas y tratamientos. Estas particularidades siguen siendo evidentes al leer sus textos hoy en día.



Algunos estudiosos de la obra de Quiroga opinan que la fascinación con la muerte, los accidentes y la enfermedad (que lo relaciona con Edgar Allan Poe y Baudelaire) se debe a la vida increíblemente trágica que le tocó en suerte. Sea esto cierto o no, en verdad Horacio Quiroga ha dejado para la posteridad algunas de las piezas más terribles, brillantes y trascendentales de la literatura hispanoamericana del siglo XX.

La enfermedad, el abandono, el final

En ese año de 1935 Quiroga comenzó a experimentar molestos síntomas, aparentemente vinculados con una prostatitis u otra enfermedad prostática. Las gestiones de sus amigos dieron frutos al año siguiente, concediéndosele una jubilación. Al intensificarse los dolores y dificultades para orinar, su esposa logró convencerlo de trasladarse a Posadas, ciudad en la cual los médicos le diagnosticaron hipertrofia de próstata.




Pero los problemas familiares de Quiroga continuarían: su esposa e hija lo abandonaron definitivamente, dejándolo —solo y enfermo— en la selva. Ellas volvieron a Buenos Aires, y el ánimo del escritor decayó completamente ante esta grave pérdida.



Cuando el estado de la enfermedad prostática hizo que no pudiese aguantar más, Horacio viajó a Buenos Aires para que los médicos tratasen sus padecimientos. Internado en el prestigioso Hospital de Clínicas de Buenos Aires a principios de 1937, una cirugía exploratoria reveló que sufría de un caso avanzado de cáncer de próstata, intratable e inoperable. María Elena, entristecida, estuvo a su lado en los últimos momentos, así como gran parte de su numeroso grupo de amigos.



Por la tarde del 18 de febrero, una junta de médicos explicó al literato la gravedad de su estado. Algo más tarde, Quiroga pidió permiso para salir del hospital, lo que le fue concedido, y pudo así dar un largo paseo por la ciudad. Regresó al hospital a las 23.



Al ser internado Quiroga en el Clínicas, se había enterado de que en los sótanos se encontraba encerrado un monstruo: un desventurado paciente con espantosas deformidades similares a las del tristemente célebre inglés Joseph Merrick (el "Hombre Elefante"). Compadecido, Quiroga exigió y logró que el paciente —llamado Vicente Batistessa— fuera liberado de su encierro y se lo alojara en la misma habitación donde estaba internado el escritor. Como era de esperar, Batistessa se hizo amigo y rindió adoración eterna y un gran agradecimiento al gran cuentista.



Desesperado por los sufrimientos presentes y por venir, y comprendiendo que su vida había acabado, el soberbio Horacio Quiroga confió a Batistessa su decisión: se anticiparía al cáncer y abreviaría su dolor, a lo que el otro se comprometió a ayudarlo. Esa misma madrugada (19 de febrero de 1937) y en presencia de su amigo, Horacio Quiroga bebió un vaso de cianuro que lo mató pocos minutos después entre espantosos dolores.



Su cadáver fue velado en la Casa del Teatro de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) que lo contó como fundador y vicepresidente. Tiempo después, sus restos fueron repatriados a su país natal.

Otra vez la selva

A partir de 1932 Quiroga se radicó por última vez en Misiones, en lo que sería su retiro definitivo, con su esposa y su tercera hija (María Elena, llamada "Pitoca", que había nacido en 1928). Para ello, y no teniendo otros medios de vida, consiguió que se promulgase un decreto trasladando su cargo consular a una ciudad cercana. Los celos dominaban a Quiroga, quien pensó que en medio de la selva podría vivir tranquilo con su mujer y la hija de su segundo matrimonio.




Pero un avatar político provocó un cambio de gobierno, que no quiso los servicios del escritor y lo expulsó del consulado. Algunos amigos de Horacio, como el escritor salteño (de Salto, Uruguay) Enrique Amorín, tramitaron la jubilación argentina para Quiroga. Comenzando a partir de este problema, el intercambio epistolar entre Quiroga y Amorín se hizo numeroso. Las cartas que se conservan demuestran que Horacio hacía partícipe a su confidente de la mayor parte de sus problemas —casi todos de índole íntima y familiar—, pidiéndole consejos y ayuda: la mujer de Quiroga —al igual que su infortunada antecesora— no gustaba de la vida en el monte y las peleas y violentas discusiones se volvieron diarias y permanentes.



En esta época de frustración y dolor salió a la venta una colección de cuentos ya publicados titulada Más allá (1935). A partir de su interés en las obras de Munthe e Ibsen, Quiroga se decantó por nuevos autores y estilos, y comenzó a planear su autobiografía.